Fue durante la guerra de 1914-18. Un soldado francés narra el siguiente hecho:
“Nunca olvidaré un episodio que yo mismo presencié. Atacamos por la tarde; después de algunas oscilaciones, penetramos en la trinchera enemiga, donde yacían cadáveres horriblemente masacrados por los cañones del 75.
En el momento del nuevo asalto, una ametralladora enemiga camuflada abatió a algunos de los nuestros; yo fui uno de ellos. Pasados los primeros instantes de terrible impresión por la herida recibida, miré a mi alrededor. Dos soldados yacían en el suelo, agonizantes: un alemán, bávaro, rubio y muy joven, con el vientre destrozado, y a su lado un francés, igualmente joven. Ambos ya mostraban la palidez de la muerte; mi mayor dolor era no poder moverme para socorrer o al menos aliviar la muerte de mi camarada.
Fue entonces cuando el francés, con supremo esfuerzo, buscó con la mano algo que estaba sobre el pecho, debajo del capote. Sacó un pequeño crucifijo y lo llevó a los labios; luego, con voz débil pero aún clara, rezó: Ave María...
Vi entonces otra cosa. El alemán, que hasta aquel momento no había dado señal de vida, abrió los ojos azules ya medio apagados, volvió la cabeza hacia el francés y respondió: Santa María, Madre de Dios...
El francés, algo sorprendido, miró a su vecino; sus miradas se encontraron; el francés le presentó el crucifijo al bávaro, que lo besó; se estrecharon las manos en un estremecimiento de amor a Dios y a la patria; sus ojos se cerraron, y el espíritu se desprendió del cuerpo, mientras el sol los iluminaba entre puras nubes... ‘Amén’, dijo, e hice la señal de la cruz.”
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