Un joven seminarista francés, por instigación de un pariente, abandonó su vocación. Sus padres y sus maestros hicieron todo lo posible para abrirle los ojos y retenerlo en el camino elegido. Pero él se mantuvo obstinado y partió hacia la capital, donde consiguió un excelente empleo y ganaba un buen salario.
Desgraciadamente, sus malas compañías lo arrastraron hacia los vicios. De sus prácticas religiosas solamente conservó el rezo del “Acordaos” (Memorare), que rezaba todas las noches en honor de la Santísima Virgen María.
Después de algunos años perdió su empleo y cayó en la más profunda miseria. Como ya no contaba con el auxilio de la religión, se entregó a la desesperación y decidió acabar con su vida.
Ya iba a arrojarse al río para ahogarse cuando, por una inspiración especial, quiso antes rezar su “Acordaos” a Nuestra Señora.
Se arrodilló y rezó.
Al levantarse, un extraño terror se apoderó de él. Le parecía ver ante sus ojos un abismo abierto, lleno de un fuego abrasador. En su mente, agitada por el remordimiento, comenzaron a despertar los recuerdos de su infancia.
Comprendió que un solo paso lo separaba del infierno.
Huyó atemorizado por las calles de París, sin saber hacia dónde iba.
¿Al azar?
No.
Nuestra Señora guiaba sus pasos hasta una iglesia, en la que entró como impulsado por una fuerza invisible.
Una gran multitud de fieles rezaba en silencio delante de una imagen de María adornada con luces y flores.
Poco a poco, aquel desgraciado sintió renacer en su corazón la confianza.
Vio a un sacerdote entrar en el confesionario y fue a arrodillarse a sus pies.
Era el Venerable Padre Desgenettes, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias.
Sin embargo, el joven no tenía intención de confesarse. Solamente quería desahogar su corazón, contar la historia de su vida y de sus extravíos.
El sacerdote lo recibió con la bondad y dulzura de una madre. Cuando terminó su relato, le dijo:
— Hijo mío, quiero completar tu historia. Hace pocos meses un obispo estuvo predicando en esta iglesia y recomendó a las oraciones de los fieles a un joven al que quería mucho y que se encontraba perdido en algún lugar de esta capital.
El pecador, entre lágrimas y sollozos, ocultó el rostro entre sus manos.
El párroco escuchó su confesión, lo preparó para una fervorosa Comunión y le devolvió la paz del alma.
El joven reparó después los escándalos que había causado, pidiendo perdón a sus padres, a sus antiguos maestros y al bondadoso prelado.
Finalmente, ingresó en una Orden religiosa, donde vivió una vida de austeras penitencias y santidad.