En la pequeña ciudad de Ostra Brama, en Polonia, hay una hermosa iglesia donde, desde hace siglos, se venera una piadosa imagen de Nuestra Señora de los Dolores.
En el mes de marzo de 1896, un forastero, que hablaba polaco con un marcado acento ruso, se presentó ante el sacristán llevando dos grandes cirios. Le dijo que deseaba que permanecieran encendidos delante de la imagen milagrosa hasta consumirse por completo.
—He hecho una promesa —dijo—. Quiero que estos cirios permanezcan encendidos hasta mañana, después de la Santa Misa, sin apagarse. Tengo un asunto muy importante que se resolverá mañana y éste es el único tiempo que me queda para encomendarlo a Nuestra Señora. Si lo desea, iré con usted a colocarlos en la iglesia.
—Con mucho gusto lo haré —respondió el sacristán—. El problema es que, cuando se dejan luces encendidas en la iglesia durante la noche, debo permanecer allí por temor a un incendio.
—Lo sé —contestó el desconocido—; por ese trabajo le pagaré ahora mismo dos rublos.
La hija del sacristán preparó la cena y ropa de abrigo para su padre. Después, el ruso lo acompañó a la iglesia, encendieron los cirios, rezó durante algunos minutos y luego se marchó.
Cuando quedó solo, el sacristán tocó el toque del Ángelus, cerró las puertas de la iglesia, hizo su oración de la noche, se sentó en una silla de la sacristía y pronto comenzó a dormitar.
De repente oyó una voz que le gritaba:
—¡Apaga los dos cirios! ¡Apágalos!
Sobresaltado, se levantó de inmediato, miró a su alrededor y no vio a nadie. Pensando que había sido un sueño, volvió a dormirse.
Poco después, la misma voz misteriosa volvió a despertarlo:
—¡Apaga los cirios! ¡Apágalos!
Como seguía sin ver a nadie, pensó que quizá sería mejor apagarlos para acabar con aquellos extraños sueños. Pero, recordando la promesa que había hecho y el dinero recibido, comenzó a rezar el Santo Rosario. Vencido por el sueño, volvió a quedarse dormido.
Por tercera vez la voz lo despertó, ahora con mayor fuerza:
—¡Apaga los cirios! ¡Date prisa!
Finalmente convencido de que aquella voz venía del Cielo, apagó inmediatamente los dos cirios y recuperó la tranquilidad.
Al amanecer tocó nuevamente el Ángelus, preparó el altar para la Santa Misa y comenzaron a llegar los fieles, entre ellos su propia hija.
Terminada la celebración, ella preguntó a su padre por qué había apagado los cirios.
Después de escuchar todo lo sucedido, decidieron examinarlos, pues les había llamado la atención el peso extraordinario que tenían.
Con un cuchillo, el sacristán fue cortando cuidadosamente la cera. En el interior descubrió que la mecha atravesaba un tubo de hierro.
Sospechando que se trataba de un atentado sacrílego, colocaron inmediatamente los dos cirios en un barril lleno de agua y fueron apresuradamente a avisar al párroco y a la policía.
Entonces descubrieron que los dos tubos estaban cargados de dinamita y preparados para explotar precisamente durante la Santa Misa.
Puede imaginarse la inmensa gratitud de los habitantes de Ostra Brama hacia Nuestra Señora, que, mediante su providencial intervención, los había librado de aquel terrible atentado.
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