Un misionero lazarista, fallecido en Italia a finales del siglo XIX, predicaba unos ejercicios espirituales a un grupo de jóvenes en Constantinopla, precisamente en los días en que el cólera asolaba aquella desdichada ciudad.
En la mañana del tercer día, muy temprano, una de las jóvenes que participaban en el retiro acudió al misionero y le dijo:
—Padre, deseo confesarme y hacer una buena comunión esta mañana. Después de la Santa Misa le diré el motivo.
Recibió la Sagrada Comunión con extraordinarias muestras de fervor. Después de la acción de gracias volvió junto al sacerdote y le dijo:
—Padre, he pasado toda la noche despierta. He tenido la impresión de que había llegado para mí la hora de la muerte y de que mi alma, separada del cuerpo, era conducida por mi Ángel de la Guarda ante el tribunal del Soberano Juez.
»Ya no era el Salvador tan bueno y misericordioso de quien tantas veces nos hablan los sacerdotes, sino un Juez inexorable.
»Desde todas las partes del mundo iban llegando innumerables almas. Muchas eran enviadas al infierno; bastantes al purgatorio; y muy pocas iban directamente al cielo.
»Llena de temor y sobresalto levanté los ojos y, ¡oh, qué dicha!, mi buena Madre, la Inmaculada, estaba allí mirándome con infinita dulzura.
»Animada por aquella visión, brotó del fondo de mi corazón el grito que tantas veces había repetido en la tierra:
"¡Buena Madre, Madre del Perpetuo Socorro, socórreme! ¡Sálvame!"
»Me encontraba ya a los pies del tribunal de Dios y mi destino eterno iba a decidirse en un instante.
»De repente se oyó una voz melodiosa, como no existe otra en la tierra:
"Hijo mío, ésta es mi hija."
»Entonces Nuestro Señor, volviéndose hacia su gloriosa Madre, le dijo con un cariño inefable, imposible de expresar con palabras humanas:
"Pues si es vuestra, juzgadla Vos."
»Y todo el juicio consistió en que la Reina de los Santos abrió sus brazos para recibirme, y yo me refugié en ellos.
»¡Era feliz por toda la eternidad!...»
La joven guardó silencio.
Su rostro resplandecía como si todavía estuviera contemplando aquella visión celestial.
El misionero, mucho más impresionado de lo que dejaba entrever, predicó aquella mañana sobre la necesidad de estar siempre preparados para la muerte.
Apenas había terminado cuando fueron a buscarlo con la mayor urgencia.
Una de las jóvenes que asistían al retiro acababa de caer gravemente enferma, víctima del cólera.
En aquel cuerpo que se retorcía por la violencia de la enfermedad reconoció inmediatamente a la joven de la visión.
Ella le dijo serenamente:
—Padre, ya se lo decía yo: ¡Dios me llama!
Dos horas más tarde, con una sonrisa celestial en los labios, su alma voló hacia la gloria eterna, repitiendo por última vez su jaculatoria favorita:
«¡Madre mía, Madre del Perpetuo Socorro, socórreme! ¡Sálvame!»
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