El veterano capitán Hurtaux, caballero de la Legión de Honor, no era un católico practicante. Tenía, como muchos hombres, cierto temor o respeto humano para acercarse a la confesión. Mucho antes de dar el paso definitivo, le gustaba invocar a la Santísima Virgen y acudir a rezar al santuario de Nuestra Señora de Chartres, donde vivía.
Un día, mientras estaba arrodillado ante un gran crucifijo en la catedral, vio acercarse a un sacerdote que lo conocía y que poseía la franqueza propia de un militar. El sacerdote le dio una palmada en el hombro y le dijo:
— Capitán, de poco sirve que usted rece aquí si no se pone en gracia de Dios.
Tomándolo del brazo, añadió:
— Entre en mi garita.
El capitán se dejó conducir, hizo su confesión y salió con el rostro radiante y el alma revestida de la gracia de Dios.
Desde aquel día fue un cristiano ejemplar. Todos los días hacía su hora de guardia a los pies de Nuestra Señora y no se retiraba sin dirigir una mirada cariñosa a la Madre del Cielo.
Llegó finalmente el día en que ya no pudo hacer su guardia. Entonces Nuestro Señor, sin duda acompañado por Su Madre, vino al lecho de muerte de su servidor.
Recibió los sacramentos con fe viva y, cuando el sacerdote le presentó la Sagrada Hostia, exclamó:
— Señor, no soy digno... no soy digno de que entréis en mi casa, ¡pero sois tan bueno!
El capitán no se avergonzaba de sus creencias ni ocultaba sus prácticas piadosas. También sabía responder a quienes lo interrogaban.
— ¿Adónde vas? —le preguntó un amigo cierto día al verlo dirigirse a una iglesia.
— Voy adonde tú deberías ir y no tienes valor para hacerlo.
Con un carácter tan sencillo como firme, se ganó el respeto de todos.
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