24 de fevereiro de 2026

GERALDO Y LA EUCARISTÍA

San Gerardo Mayela, siendo aún muy pequeño, tenía la dicha de jugar con el Niño Jesús, quien, al despedirse, le daba un panecillo muy blanco y sabroso. Desde tan tierna edad se comportaba en la iglesia con tal recogimiento que lo tenían por un ángel.

Su piedad verdaderamente angélica conmovía el corazón de todos los que lo veían y, ciertamente, aún más el de Dios.

Nuestro Señor recompensaba su tierna devoción apareciéndosele visiblemente durante la santa misa. Su corazón parecía todo inflamado y, cuando, después de la comunión del sacerdote, el Señor desaparecía, Geraldo quedaba triste y sus ojos se llenaban de lágrimas.

Desde entonces sentía un atractivo sobrenatural e irresistible por la iglesia, por el augusto santuario donde Jesús sacramentado lo colmaba de inefables delicias.

Por la tarde, dondequiera que estuviese, al oír la campana que llamaba a la visita al Santísimo, dejaba los juegos y decía a sus compañeros:

— Vamos, vamos a visitar a Jesús, que quiso hacerse prisionero por nuestro amor.

Y era de ver con qué fervor y devoción el niño permanecía allí arrodillado, inmóvil y absorto en su Dios.

Tenía un deseo inmenso de comulgar; pero, por no tener la edad requerida, no se lo permitían. Dios, sin embargo, quiso satisfacer el ardiente deseo de Geraldillo, que recibió la comunión milagrosamente de manos de un ángel.

A los diez años hizo su primera comunión solemne con el ardor de un serafín; y desde entonces la Eucaristía fue el pan necesario de su alma. Tampoco tardó mucho en que el confesor le permitiera la comunión diaria.

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