En 1901 comenzó en Francia el cierre de todos los conventos y la expulsión de los religiosos. Fue en ese año cuando ocurrió en Reims el siguiente hecho, contado por el cardenal Langenieux, arzobispo de aquella ciudad. Había en Reims, entre otros, un hospital que albergaba solamente enfermos atacados de enfermedades contagiosas, que no encontraban en ningún otro lugar enfermero alguno que quisiera cuidarlos.
En tales hospitales, solo las Hermanas de la Caridad suelen atender a los enfermos, y esa era la razón por la cual todavía no habían expulsado a las religiosas de aquella casa.
Un día, sin embargo, llegó al hospital un grupo de concejales municipales, diciendo a la Superiora que necesitaban visitar todas las salas y habitaciones del establecimiento, pues debían enviar un informe al Gobierno. La Superiora condujo atentamente a aquellos señores a la primera sala, donde había enfermos cuyos rostros estaban devorados por el cáncer. Los concejales hicieron una visita apresurada, dejando ver en sus rostros cuánto les repugnaba permanecer allí.
Pasaron luego a la segunda sala; pero allí encontraron enfermos atacados de males peores, viéndose obligados a sacar de inmediato sus pañuelos, pues no podían soportar el mal olor.
A pasos rápidos recorrieron las otras salas y, al dejar el hospital, aquellos hombres estaban pálidos y visiblemente conmovidos.
Uno de ellos, al despedirse, preguntó a la Hermana que los había acompañado:
— ¿Cuántos años hace que trabaja usted aquí?
— Señor, ya hace cuarenta años.
— ¡Cuarenta años! —exclamó otro lleno de asombro—. ¿De dónde saca tanta valentía?
— De la Sagrada Comunión que recibo diariamente —respondió la Superiora—. Y les digo, señores, que el día en que el Santísimo Sacramento deje de estar aquí, nadie tendrá fuerza para permanecer en esta casa.
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