22 de fevereiro de 2026

EN UN TRIBUNAL REVOLUCIONARIO

En la Revolución Francesa de 1793, la iglesia de San Pedro de Besançon fue entregada a un sacerdote cismático. Los sacerdotes católicos, fieles a las leyes de la Iglesia, eran encarcelados y asesinados por los revolucionarios.

Uno de estos sacerdotes, llamado Juan, permaneció entre sus feligreses dispuesto a sufrir todo por Dios y por la Iglesia. Andaba disfrazado: botas anchas, blusa de carretero, gran pañuelo al cuello y látigo en mano. Recorriendo las calles, visitaba las casas de sus fieles. Llevaba colgada al cinturón una cajita con lo necesario para administrar los sacramentos, así como una píxide de plata donde guardaba el Santísimo.

Pasaron muchos meses sin que la policía sospechara que bajo aquel carretero se ocultaba un sacerdote que ejercía su ministerio. Finalmente fue descubierto y conducido inmediatamente ante el tribunal revolucionario.

— Ciudadano, ¿quién eres?
— Soy el Padre Juan, ministro de Jesucristo.
— ¿No te prohíbe la ley ejercer tu ministerio?
— Sí; pero Dios me lo manda.
— Parece que llevas correspondencia con el extranjero en esa caja.
— No, jamás he hecho tal cosa.
— Entonces, ¿qué llevas en esa caja?

Temiendo una profanación y pensando que no comprenderían su respuesta, dijo:
— Son hostias.
— ¿Están consagradas? preguntó el presidente.
— Sí, lo están.

Entonces ocurrió un hecho nunca visto en tales tribunales. El presidente, que sin duda había recibido instrucción religiosa en su niñez y aprendido en el catecismo el dogma de la presencia real, gritó con voz imperiosa:

— Ciudadanos, están consagradas: ¡todos de rodillas!

Ordenó además que los guardias acompañaran al Padre Juan hasta la iglesia del sacerdote cismático para devolver el Santísimo.

Al día siguiente, tras un juicio sumario, mandaron cortarle la cabeza por haber violado las leyes vigentes.

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