Un pastor protestante, ya inclinado al catolicismo, fue un día con su hijita a visitar la capital de Inglaterra. La niña tenía apenas cinco años.
El padre la llevó primero a una iglesia católica, y la atención de la pequeña quedó largo tiempo fija en la lámpara del Santísimo.
Al salir de allí, entraron poco después en un templo protestante, donde no había ni imágenes, ni lámpara, ni sagrario.
Desde aquel día, la niña sólo hablaba de la Iglesia Católica. Nunca más quiso entrar en un templo protestante, que para ella ya no tenía ningún atractivo. Le preguntaron:
El pastor quedó confundido y conmovido. Comprendió, como su hija, que sólo se puede estar bien donde está Jesús. Tendría que hacerse católico, abjurar su secta y renunciar a una renta de cien mil libras de la que vivía su familia, viéndose pobre de un día para otro.
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