Justo de Bretennières fue martirizado en Corea el 8 de marzo de 1866; pero desde los seis años ya se sentía llamado a ser sacerdote misionero.
Era 1844. Justo jugaba con su hermanito Cristiano, de cuatro años, y hacían agujeros en el suelo. De repente Justo interrumpe:
— ¡Cállate! ¡Cállate! — y, mirando por uno de aquellos agujeros, añade: — Veo a los chinos. Hagamos un agujero más profundo y pronto llegaremos hasta ellos. Cavemos más.
Cristiano se inclina, mira y jura que no ve nada. Justo, sin embargo, insiste y dice que ve el rostro, los trajes, la coleta… Se inclina otra vez y dice:
— Ahora los oigo.
Cristiano corre, llama a la mamá, y ella tampoco ve ni oye nada. Entonces Justo, muy convencido, dice:
— No los oís porque no os hablan a vosotros; pero yo los oigo. Sí, mamá, desde el fondo del agujero, desde lejos, me llaman. Y es preciso que yo vaya a salvarlos.
Y en efecto fue un misionero famoso en China y Corea. Los enemigos de la religión le hicieron sufrir un horrible martirio. En el momento de morir por Jesucristo dijo lleno de alegría:
— Vine a Corea para salvar las almas. Con gusto muero por Dios y por ellas.
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