2 de outubro de 2026

SAN JOSÉ LLAMA AL SACERDOTE PARA UN ENFERMO

Cierto día, se presentó en la casa parroquial un anciano desconocido, pidiendo al sacerdote que acudiera a socorrer a una mujer agonizante.

Él mismo lo acompañaría hasta la casa. Como la calle tenía mala fama y se acercaba la noche, el sacerdote sospechó que podía tratarse de una emboscada, pero el anciano insistió:

—Es necesario que vaya enseguida, pues se trata de administrar los sacramentos a una anciana que está en las últimas.

Partió el sacerdote llevando el Santísimo Sacramento y los Santos Óleos. La noche era glacial, pero el anciano parecía no sentir el frío; caminaba delante hasta llegar a una casa de pésima reputación. El sacerdote vaciló por un momento, presa del temor, pero el anciano lo animó diciendo:

—Yo lo esperaré aquí.

El sacerdote llamó a la puerta repetidas veces y, como nadie abría, el anciano dio unos golpes extraños y la puerta se abrió inmediatamente.

—Entre usted, suba la escalera, abra la puerta del fondo del pasillo y encontrará a la agonizante.

Pronunció estas palabras con tanta fuerza y autoridad que el sacerdote ya no vaciló. Encontró, tendida en una cama miserable, a una mujer abandonada que repetía a gritos:

—¡Un sacerdote! ¡Un sacerdote! ¿Me dejaréis morir sin un sacerdote?...

—Hija, aquí estoy. Soy el sacerdote a quien usted llama. Un anciano vino a buscarme...

Ella no quería creerlo.

—No, en esta casa no hay nadie que quiera ir a buscar a un sacerdote, y no conozco a ningún anciano así.

Finalmente, convencida, confesó los pecados de su larga vida de pecadora, y lo hizo con tanto dolor y arrepentimiento que el sacerdote se admiró de encontrar tales sentimientos en una persona que llevaba tantos años alejada de Dios.

El sacerdote preparó la mesita y encendió las velas para el viático y la extremaunción. Entretanto, varias personas entraban y salían, sin parecer advertir la presencia del sacerdote.

Después de administrarle todos los sacramentos, el sacerdote le preguntó si había conservado alguna práctica religiosa que le hubiese merecido semejante beneficio en una necesidad tan grande.

—Ninguna —dijo—, excepto una pequeña oración que rezaba todos los días a San José, para que me concediera una buena muerte.

Consolado, el sacerdote asistió al último suspiro de la mujer convertida.

No encontró al anciano ni en la puerta ni en el camino, y quedó convencido de que no podía ser otro que el misericordioso patrono de la buena muerte, el glorioso San José.

Nenhum comentário:

Postar um comentário