23 de março de 2026

UNA PRIMERA COMUNIÓN Y UNA CURACIÓN

Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresita, tenían una hijita llamada María, que se preparaba para la primera comunión. Al mismo tiempo, sor María Dositea, tía de la niña, padecía tuberculosis.

Uno de los consejos más insistentes que Celia daba a su hija era el de obtener de Dios la curación de la hermana Dositea. “En el día de la primera comunión — repetía con frecuencia — se obtiene todo lo que se pide.”

La niña lo entendió así. Estudió el catecismo con entusiasmo y realizó una verdadera ofensiva de oraciones y sacrificios. Estaba segura del milagro, como si ya lo viera realizado. En su ingenua insistencia, quería incluso, si fuese necesario, cambiar la voluntad de Dios. San José le servía de abogado.

Llegó finalmente el gran día de la primera comunión: 2 de julio de 1869. La pequeña aún no había cumplido nueve años y medio. Hablando de la comulgante, decía la madre:

— ¡Oh! qué bien preparada estaba; parecía una santita. El padre capellán me dijo que estaba muy satisfecho con ella y le dio el primer premio de catecismo.

María, después de la comunión, decía que había rezado tanto por su tía Dositea que estaba segura de ser escuchada por Dios.

En efecto, la tía comenzó a mejorar: las lesiones pulmonares cicatrizaron rápidamente. Más tarde, no sin cierta melancolía, diría a su sobrina:

— A ti te debo estos siete años de vida.

La pequeña, por su parte, atribuía la curación a San José y, en la confirmación, quiso añadir a su nombre el de Josefina.

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