Un día, hacia el año 1530, un fraile de Ascoli, en la Marca de Ancona (Italia), perdió el camino. Encontrando por casualidad a un pastorcito, se acercó a él y le preguntó:
Por el camino iban conversando. El fraile notó que el pequeño era vivo, amable y de buena conversación. Al interrogarlo, supo que era hijo de un trabajador muy pobre, que vivía en una choza cercana y apenas ganaba para comer. Por eso, lo habían puesto a cuidar las ovejas y los cerdos de un vecino más rico.
El niño no sabía leer. Se entretenía cantando algunos cantos religiosos que su buena madre le había enseñado. Nada más.
El fraile quedó encantado con el muchacho y, después de que este le mostró el camino y la ciudad no estaba lejos, lo invitó a visitarlo en su convento en Ascoli.
El pastorcito no se hizo de rogar. Fue a ver a su amigo y, desde entonces, su paseo favorito, cuando tenía tiempo, era ir a conversar con el fraile.
Un día, tras presentar al niño al superior del convento, preguntó si no era una pena dejar sin instrucción a un muchacho tan despierto e inteligente.
El superior estuvo de acuerdo. Era necesario educar a aquel pastorcito. Se dirigieron a los padres, prometiendo encargarse de la educación del hijo. La propuesta fue aceptada con gusto.
El pastorcito pasó a vivir en el convento; luego fue admitido en la comunidad, estudió, se ordenó sacerdote y llegó a ser profesor de teología. Se le confiaron cargos importantes, que desempeñó tan bien que el Papa lo nombró Cardenal.
En 1585, tras la muerte de Gregorio XIII, el antiguo pastorcito fue elegido Papa con el nombre de Sixto V y fue uno de los más grandes Pontífices.
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