Cuando Jesús caminaba por el mundo, bastaba su palabra y, a veces, una sola mirada para curar a los enfermos y resucitar a los muertos.
La hostia consagrada, donde Él permanece oculto, tiene el mismo poder, cuando así lo quiere.
Es muy notable un caso referido por el célebre médico Dr. Boissarie en su informe sobre los milagros de Lourdes.
Margarita de Saboya llegó a la gruta en un estado lamentable: paralítica, colocada en un ataúd como si fuera un cadáver, pálida, sin voz, sin carne; aunque tenía 25 años, pesaba apenas 16 kilos.
Cuando partió hacia Lourdes, los médicos le dijeron que no le quedaban más de 15 días de vida; y los responsables de la gruta no se atrevieron a tocarla, pues apenas respiraba. Ni siquiera pensaron en llevarla a la piscina, contentándose con colocarla delante de la Virgen.
Al pasar el Santísimo, una sacudida fuerte e irresistible la arrojó fuera de su camilla. Cuando Margarita se dio cuenta de que estaba de rodillas junto a la cama, se levantó por sí misma, sin ayuda de nadie, y gritó con todas sus fuerzas:
— ¡Estoy curada!
La madre, atónita, corrió hacia su hija, que la abrazó y dijo con voz firme:
— ¡Madre, estoy curada!
Ese mismo día — dice el Dr. Boissarie — entró en nuestra oficina, firme sobre sus propios pies, aunque aún muy debilitada. Su alegría era tan grande que no sentía la debilidad.
Dijimos que pesaba 16 kilos; pocos días después de la curación, ya pesaba 44. El crecimiento retomó su curso natural y la estatura aumentó de siete a ocho centímetros. ¡Y esto a los 25 años!
Aquí no se trata solo de una curación, sino de una verdadera resurrección. La virtud del Dios de la Eucaristía realizó este milagro.
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