Un día, San Alfonso Rodríguez, hermano lego jesuita, muy bueno y muy santo, estaba rezando ante una imagen de María.
Ya era anciano y pasaba largas horas a los pies de su buena Madre del Cielo. A veces lloraba como un niño; otras veces sonreía como un ángel. ¿Sufría? Iba enseguida a contárselo a Nuestra Señora. ¿Sentía alegría? Corría a comunicárselo a la Madre del Cielo. ¿Era tentado por los demonios? Acudía a los pies de la Inmaculada y le pedía que no lo abandonara ni en la vida ni en la muerte.
Aquel día le decía a Nuestra Señora que la amaba con todo su corazón. Y al santo anciano le parecía que la Virgen Santísima le sonreía con dulzura. Oyó entonces, o le pareció oír en lo profundo de su alma, una voz que decía:
— Alfonso, ¿cuánto me amas?
Y el buen anciano respondió:
— Mira, mi buena Madre del Cielo: te amo tanto, tanto, que es imposible que me ames tanto como yo te amo.
La Señora, al oír esto, levantó su mano amorosa, le dio una ligera bofetada y dijo:
— ¡Cállate, Alfonso, cállate!... ¿Qué estás diciendo? Yo te amo infinitamente más de lo que tú puedes amarme.
Por eso debemos amar a María: nos ama tanto que jamás podremos comprender toda la grandeza de su amor.
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