Era el mes de noviembre. Amarillas y secas caían las hojas de los árboles, así como secas y marchitas caen del corazón las ilusiones de la vida cuando se acerca el invierno de la vejez.
En Ávila, en una casa noble, agonizaba en la primavera de la vida una distinguida y piadosa señora: doña Beatriz de Ahumada. Los sacerdotes allí reunidos rezaban ya las oraciones de los agonizantes cuando la señora abrió los ojos, miró a su alrededor y con voz débil dijo:
— ¡Teresa! Llamen a Teresa.
Una niña de unos doce años, de singular modestia y extraordinaria hermosura, entró en la habitación y se acercó al lecho de su madre agonizante. Esta, fijando en ella su mirada y como si Nuestro Señor le revelara el futuro de la niña, exclamó:
— ¡Bendita... bendita!
Y expiró.
La niña, deshecha en lágrimas, se levantó, besó por última vez aquellas manos frías y se retiró a una estancia donde había una imagen de Nuestra Señora colgada en la pared. Allí dejó correr libremente sus lágrimas. Luego, levantando los ojos con inefable ternura y una fe inmensa, dijo desde lo profundo de su alma estas conmovedoras palabras:
— Señora, ya no tengo madre; sed vos mi madre desde ahora.
Aquella niña, protegida por la Madre del Cielo, llegó a ser una de las mayores mujeres de la historia: Santa Teresa de Jesús, digna de los altares.
Tanto bien le vino por haber tomado a la Santísima Virgen María como Madre desde los primeros días de su vida.
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