San Pedro de Alcántara, llamado así por el lugar donde nació (1499), entró en la Orden de los Franciscanos a los 16 años. Fue uno de los santos más penitentes y favorecidos por Dios en su tiempo. Santa Teresa de Ávila, que lo conocía de cerca, nos cuenta que San Pedro pasó 40 años sin dormir más de una hora y media al día.
El santo no se acostaba, sino que permanecía sentado, con la cabeza apoyada en un palo junto a la pared. Esta fue la penitencia que más le costó. Además, usaba duros cilicios y a veces pasaba tres días, e incluso ocho, sin otro alimento que la Sagrada Comunión.
Ante todo esto, no es de extrañar que alcanzara la más alta contemplación y que Jesús lo favoreciera con inefables consuelos, especialmente en la misa y en la sagrada comunión.
Se cuenta que, en cierto convento, el monaguillo que ayudaba a la misa del santo era un niño inocente y bueno. Un día, al regresar de la iglesia, fue a buscar a su madre y le dijo:
La madre, que conocía la santidad del Padre Pedro, comprendió enseguida el misterio y le dijo:
— No tengas miedo, hijo mío; es el Niño Jesús que está en la Hostia... ¡Qué feliz eres tú, que lo ves con tus ojos inocentes!
Desde entonces, el niño ya no tuvo miedo y ayudaba a la misa del santo con mucho gusto y devoción.
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