El célebre presidente de la República del Ecuador, García Moreno, asesinado por la masonería en 1875, era muy devoto de Nuestra Señora.
Hallándose un día entre obreros irlandeses, a quienes había hecho venir desde los Estados Unidos para instalar un aserradero mecánico, les preguntó acerca de las costumbres religiosas de su país y si conocían algún canto en honor de la Santísima Virgen María.
Los buenos irlandeses comenzaron inmediatamente a cantar. García Moreno los escuchaba profundamente emocionado. Al terminar el canto, preguntó:
— Vosotros, irlandeses, ¿amáis mucho a Nuestra Señora?
— Sí, señor, con todo nuestro corazón — respondieron.
— Entonces, hijos míos — añadió el Presidente — arrodillémonos y recemos el Rosario, para que permanezcáis en el amor y servicio de Dios.
Y todos, arrodillados alrededor del Presidente, rezaron con gran fervor y con los ojos llenos de lágrimas el Rosario mariano.
Fue en la devoción a Nuestra Señora donde García Moreno encontró la fuerza de aquella fe viva que, ante sus asesinos, puso en sus labios, como un grito de desafío, aquellas palabras memorables:
«¡Dios no muere!»
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