Margarita era una joven de dieciséis años. Su padre había sido masón; su madre no era nada piadosa. Fue educada en una escuela donde nunca se pronunciaba el nombre de Dios; pero Nuestro Señor amaba a aquella muchacha. Camino a la escuela, al pasar frente a una iglesia, sentía el impulso de entrar y permanecer allí algún tiempo mirando el altar.
Muchas veces, y de manera maravillosa, Dios habló al corazón de aquella joven, que incluso llegó a confesarse y comulgar a escondidas.
La falta de religión en el hogar pronto le hizo olvidar aquellas inspiraciones divinas.
No era mala, nunca había dado escándalo, pero nunca rezaba ni iba a Misa. Solo pensaba en divertirse con sus amigas, entregándose con ellas a bailes y paseos. Dios, sin embargo, no permitió que su corazón se manchara de impureza.
Era el primer día de la novena de Nuestra Señora del Carmen. Algunas muchachas, llevando jarrones, velas y flores, entraron en la iglesia donde iba a comenzar la solemne novena. Margarita, que pasaba por allí con sus alegres compañeras, sintió algo en el corazón y dijo a las demás:
— Entremos; veamos qué hacen esas beatas.
Y entró...
Se colocó ante Nuestra Señora del Carmen y la contempló durante largo tiempo. No sé qué le dijeron aquellos ojos de la Señora; lo que sí sé es que Margarita se arrodilló, juntó las manos... La novena comenzó, terminó, pasaron largas horas y ella permanecía allí inmóvil, arrodillada, con los ojos fijos en la Señora, derramando lágrimas, muchas lágrimas...
Y allí habría permanecido toda la noche si el sacristán no hubiera venido a decirle, gritando, que saliera, porque iba a cerrar la iglesia... ya era tarde.
Aquel fue el día de su conversión definitiva.
Cuando más tarde un misionero le preguntó qué había hecho durante aquellas largas horas pasadas arrodillada a los pies de María, respondió:
— No hice más que pedirle que tuviera compasión de mí, me perdonara mis graves culpas y, no permitiendo que fuera infiel a su voz, me concediera la gracia de comenzar una vida tan penitente que reparara mis errores pasados.
Debió a Nuestra Señora la gracia de su conversión.
Nenhum comentário:
Postar um comentário