Carlos, un niño muy devoto de Nuestra Señora, cayó gravemente enfermo. Sus padres, profundamente angustiados, lo llevaron al hospital. Llegaron los médicos, examinaron al enfermo y dijeron:
— Es necesario operarlo; su estado es grave.
Se hicieron los preparativos y el enfermero ya estaba listo para administrarle cloroformo — una sustancia que hace dormir al paciente y lo vuelve insensible al dolor de la operación — cuando él comenzó a hablar:
— No — respondió —, no quiero cloroformo; les aseguro que me quedaré muy quieto.
Y dirigiéndose a su madre, que estaba a su lado, dijo:
— Mamá, dame el crucifijo; quiero sufrir por Jesús.
Durante toda la operación no se quejó ni lloró; ofrecía a Dios sus dolores, con los ojos fijos en el Crucifijo. Los médicos quedaron admirados al ver tanto valor en un niño.
Desde aquel día ya no pudo hablar; se hacía entender por escrito.
Su profesor, un hermano marista, le dio una estampa de Nuestra Señora con la inscripción: “Quien me ama, sígame”.
Y Carlos, considerando dirigida a sí mismo aquella invitación de la Madre de Dios, escribió:
— Mamá, amo mucho a Nuestra Señora y quiero seguirla.
Y como la madre se pusiera a llorar, Carlos continuó escribiendo:
— No llores, madre mía; voy al cielo, donde rezaré por ti y por papá, y estaré con Nuestra Señora; dame un abrazo.
Después de abrazar a su madre, a quien tanto amaba, Carlos miró con ternura la imagen de María, la besó y expiró.
Nenhum comentário:
Postar um comentário