a) Un día el Santo Cura de Ars estaba en éxtasis ante una imagen de Nuestra Señora. Una persona oyó este diálogo:
— Buena Madre, sabéis que no pude convertir a cierto pecador. Dadme su alma, y por ella llevaré el cilicio durante ocho días.
Nuestra Señora respondió:
— Te la concedo.
— Hay otro hijo vuestro, muy desgraciado, de quien nada he podido conseguir. Os prometo ayunar por él durante mucho tiempo si me concedéis su conversión.
— Te la concedo — respondió la Virgen.
b) Ozanam, un joven de dieciocho años y casi incrédulo, había llegado a París.
Un día vio, en un rincón de una iglesia, a un venerable anciano rezando el rosario. Se acercó y lo observó atentamente. Era el famoso sabio Ampère.
Ozanam quedó profundamente conmovido, se arrodilló y lloró ante aquella escena.
Más tarde solía decir:
— El rosario de Ampère produjo en mí más fruto que todos los sermones y libros que había leído.
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