En 1927 dominaban en México los enemigos de la Iglesia Católica.
Los ministros de Jesucristo eran perseguidos, presos y fusilados sin compasión. Entre estos mártires estaba el anciano P. Mateo Correa.
Se hallaba en casa de un amigo, en uno de los barrios más radicales, cuando lo llamaron para un pobre indio que deseaba recibir los últimos sacramentos. A pesar del peligro que corría, el sacerdote quiso cumplir ese deber de caridad. Tomando consigo el Santísimo, se dirigió con su amigo a la casa del enfermo.
Escogieron a propósito los caminos menos frecuentados; sin embargo, los soldados de Calles los sorprendieron y, viendo que el sacerdote llevaba el Santísimo, quisieron arrancárselo por fuerza para profanarlo. Pero el P. Correa fue más rápido que los soldados, pues consumió inmediatamente la sagrada Hostia y dijo:
— Matadme si queréis; pero a Jesús no lo profanaréis.
Después de maltratar cruelmente al pobre sacerdote, lo llevaron a la ciudad de Valparaíso, donde lo encerraron en la cárcel. Acusado de complicidad con los Cristeros que combatían en los alrededores, lo retuvieron allí hasta que el General Ortiz lo llevó consigo a Durango.
Llegaron allí el 4 de febrero y ya el día 6 el sacerdote sería juzgado por el General en persona.
Varios otros presos iban a ser fusilados. Dirigiéndose al P. Correa, dijo el General:
— Oiga primero la confesión de estos bandidos, pues pronto pagarán sus crímenes.
El sacerdote escuchó sus confesiones y los preparó para una buena muerte.
Cuando terminó, el General le dijo:
— Ahora dígame lo que esos canallas le contaron.
Levantándose el sacerdote con noble firmeza, respondió:
— ¡Nunca, eso nunca!
— ¿No quiere decirlo?
— ¡No, nunca!
— ¿Entonces será fusilado con los otros?
— Fusíleme; pero el sigilo de la confesión no lo violaré jamás.
El infame General mandó matarlo con los demás presos; y así el gran mártir selló con su propia sangre su Fe y sus sagrados ministerios.
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