Robertito es Cruzado del Santísimo. Había oído la Misa, rezado su acción de gracias y quería volver a casa, cuando oyó al párroco decir al sacristán:
“Este año no habrá exposición del Santísimo en las Cuarenta Horas, durante el carnaval.”
“¿Pero por qué, señor cura?”
“Porque el Santísimo quedaría solo, como el año pasado…”
“¡Solo, el Santísimo!” dice Robertito con pesar. “No, no puede ser, no será.”
De un salto se puso en la puerta de la iglesia por donde salía el párroco.
“¿Qué sucede, Robertito?”
“Oí que usted no hará la exposición…”
“Sí, temo que dejen a Jesús solo.”
“Padre, haga la exposición; ellos vendrán.”
“¿Ellos? ¿Quiénes?”
“Los cruzaditos.”
“¿Todos?”
“Sí, señor cura, todos; yo los traeré.”
“Pero la exposición dura todo el día…”
“Sí, estaremos aquí todo el día.”
Ante la firme resolución del niño, el párroco prometió hacer la exposición.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, todos los Cruzados estaban listos para la Misa y después harían media hora de guardia al Santísimo, turnándose. El párroco les había preparado hermosos reclinatorios forrados de rojo.
Se turnaron los Cruzados hasta el mediodía, volviendo algunos a su puesto hasta tres veces.
Robertito había dicho: “Traeré a todos los Cruzados”; pero para sí decía: “También vendrán las madres, y los hermanos mayores y hasta los padres.”
Y así fue realmente. ¡Fue una hermosura!
Porque Robertito había recorrido las casas de los Cruzados invitándolos con ardor a la guardia del Santísimo y pidiéndoles que rezaran, hicieran sacrificios y pidieran a sus padres y hermanos que no faltaran.
He aquí lo que puede un Cruzadito fervoroso.
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