25 de dezembro de 2025

EL PRIMER MÁRTIR DE LA EUCARISTÍA

Era en los primeros tiempos del cristianismo. Los cristianos eran perseguidos, arrojados a las fieras y muertos.

Casi todos procuraban antes recibir la santa comunión.

Los sacerdotes tenían que esconderse, pues eran los más buscados por los enemigos.

Un día, después de celebrar los divinos misterios en las catacumbas, el sacerdote, volviéndose hacia los fieles reunidos, les mostró la Hostia y dijo:

“Mañana muchos de los nuestros serán conducidos a las fieras. ¿Quién de vosotros, menos conocido que yo, podrá llevarles en secreto el Pan de los fuertes?”

A estas palabras se acercó un niño de diez años, llamado Tarsicio, que parecía haber robado a los ángeles la pureza del alma y la hermosura del rostro; y, arrodillándose ante el altar, extendía los brazos hacia el sacerdote sin pronunciar palabra, como queriendo decir:

“Yo mismo llevaré a Jesús a los hermanos encarcelados…”

“Eres muy pequeño”, dijo el sacerdote. “¿Cómo podré confiarte tan gran tesoro?”

“Sí, padre; precisamente por ser pequeño me acercaré a los mártires sin que nadie sospeche.”

Hablaba con tanto ardor e inocencia que el sacerdote le confió los “Misterios de Jesús”.

Radiante de alegría, el pequeño estrechó contra su pecho su tesoro y dijo:

“Antes que me hagan pedazos, nadie me lo arrebatará.”

Partió presuroso hacia la cárcel Mamertina.

Al atravesar la plaza, un grupo de muchachos lo rodeó y quiso obligarlo a participar en sus juegos.

“No puedo —decía Tarsicio—, no puedo, tengo prisa.”

Al ver que mantenía las manos sobre el pecho, sospecharon que se trataba de los misterios de los cristianos. Gritando como poseídos, arrojaron al pobrecito al suelo, lo golpearon, le lanzaron piedras y lo dejaron tendido. La sangre le corría principalmente de la boca, pero sus manos no se apartaban del pecho.

En esto pasó por allí un oficial cristiano, llamado Cuadrato, quien, lanzándose en medio de los muchachos, dio golpes a derecha e izquierda y dispersó a la banda malhechora.

Como una madre cariñosa, tomó con todo respeto al pequeño mártir de la Eucaristía y lo llevó en sus robustos brazos hasta las catacumbas, donde el sacerdote, al verlo, no pudo contener las lágrimas. Tarsicio, el defensor de Jesús, expiró allí mismo.

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