En 1863 llegó a Barcelona un grupo de Hermanitas de los Pobres para realizar su primera fundación en España. Fueron muy bien recibidas por los catalanes, que necesitaban mucho un asilo para tantos ancianos desdichados y abandonados como suele haber en las grandes capitales.
Como de costumbre, el asilo fue puesto bajo la protección de san José, a quien las Hermanas llaman el Procurador de la Casa. Al principio, por falta de espacio, solo admitían mujeres ancianas. Pero he aquí que san José, un buen día, les llevó al primer anciano. Era un hombre de ochenta años que se presentó diciendo a la Hermana:
—Vengo aquí para ingresar en el asilo.
—Es imposible —respondió la Superiora—; todavía no podemos recibir a ningún hombre.
—Está bien, pero no hay más remedio; me quedaré de todos modos.
—¿Cómo se llama usted?
—Me llamo José.
Este nombre llamó la atención de las Hermanas; además, era un día consagrado a san José. No había más remedio: lo recibirían en nombre de san José.
El anciano no poseía más que harapos y estaba cubierto de insectos. No había ropa de hombre disponible. La Superiora, llamando a dos Hermanas, les dijo:
—Salgan a buscar ropa, mientras nosotras lo lavamos y lo peinamos.
Durante esta breve conversación, sonó la campanilla de la entrada: era una señora desconocida que, después de entregar un paquete, se marchó sin decir nada. Lo abrieron y vieron, con gran sorpresa, que contenía un traje completo de hombre.
El pobre anciano llegó al colmo de la alegría; pero las Hermanas no estaban menos contentas, pues comprendieron que san José las invitaba a ampliar sus proyectos de caridad.
El asilo creció tranquila y constantemente, y en pocos años acogía a más de doscientos ancianos, sin que les faltara el pan de cada día ni las atenciones cariñosas de las buenas Hermanas.
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