El cabo Pedro Pitois fue un soldado de extraordinario valor. Fue él quien hizo esta pregunta a Napoleón.
Pedro estaba siempre en la primera línea de combate. No temía las balas enemigas y, el 6 de julio de 1809, durante la Batalla de Wagram, luchó con admirable valentía. Después de la batalla desapareció. Había desertado del ejército.
Poco tiempo después fue capturado y condenado a muerte.
—Tú, que eras uno de nuestros soldados más valientes, ¿por qué hiciste eso? —le preguntaban sus compañeros.
—No me arrepiento —respondía—. No he hecho ningún mal.
A medianoche, en la víspera de la ejecución, un oficial entró en la celda de Pedro. Era Napoleón, aunque el prisionero no lo reconoció.
Tomándolo de la mano, el Emperador le dijo con afecto:
—Amigo mío, como militar siempre he admirado tu valentía en el campo de batalla. He venido para saber si deseas dejar algún recuerdo o mensaje para tu familia. Me encargaré de que lo reciban después de tu muerte.
—No, ninguno.
—¿No quieres enviar un último saludo a tu padre, a tus hermanos o a tus hermanas?
—Mi padre ya ha muerto. No tengo hermanos ni hermanas.
—¿Y tu madre?
—¡Ah! No pronuncie ese nombre, porque cuando lo oigo siento deseos de llorar, y un soldado no debe llorar.
—¿Por qué no? —respondió Napoleón—. Yo jamás me avergonzaría de llorar al recordar a mi propia madre.
—¿De verdad ama usted a su madre? Entonces voy a contárselo todo.
De cuanto existe en este mundo, nada he amado tanto como a mi madre. Cuando partí para la guerra, me dio su bendición y me dijo:
—«Si me amas, cumple con tu deber.»
En medio de las batallas, bajo el fuego enemigo, siempre recordaba esas palabras. Nunca tuve miedo.
Un día supe que estaba gravemente enferma. Pedí permiso para abrazarla por última vez, pero no me dejaron partir.
Más tarde recibí la noticia de su muerte y supliqué que me permitieran verla al menos después de fallecida. Por segunda vez me lo negaron.
Ya no pude soportarlo. Necesitaba ir a depositar, al menos, una flor sobre su tumba.
Fui, lloré y recogí esta pequeña flor de nomeolvides, que desde entonces llevo sobre mi corazón.
Mañana moriré, pero la muerte no me asusta.
Después de dedicarle unas palabras de consuelo, Napoleón se retiró profundamente conmovido.
Al día siguiente, Pedro fue conducido al lugar de la ejecución.
Cuando el pelotón ya estaba preparado para disparar, el Emperador llegó a caballo, le concedió el perdón, le salvó la vida y lo ascendió al grado de oficial.
¿Y vosotros, amáis a vuestra Madre del Cielo?
Seguramente responderéis como San Estanislao:
—«¿Cómo no voy a amarla, si es mi Madre?»
Y Ella os dice:
—«Cumplid con vuestro deber, y yo os alcanzaré la perseverancia y la gracia final.»
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