30 de dezembro de 2025

EL HONOR DE AYUDAR EN LA MISA

Fue en 1888, Año Jubilar del Santo Padre, el Papa León XIII. En uno de los altares de la Basílica de San Pedro se encontraban dos sacerdotes: uno era prelado romano y canónigo de la Basílica Vaticana; el otro era el obispo de una diócesis italiana, venido a Roma para asistir a las fiestas jubilares.

El prelado romano, que se disponía a celebrar la misa, miraba inquieto a su alrededor, porque su ayudante no aparecía. El Obispo, que estaba arrodillado cerca, se acercó con gran sencillez y dijo:

“Permítame, Monseñor, que yo sea el ayudante de su misa.”

“No, Excelencia, no lo permitiré: no conviene a un Obispo hacer de monaguillo.”

“¿Por qué no? Le aseguro que sabré cumplir.”

“De eso no dudo, Excelencia; pero sería demasiada humillación. No, no lo permitiré.”

“Quédese tranquilo, amigo mío. Pronto al altar; comience: Introibo…

Dicho esto, el Obispo se arrodilló y el prelado tuvo que ceder. Asistido por su nuevo ayudante, el prelado romano continuó su Misa con emoción creciente.

Terminada la Misa, el celebrante se deshizo en agradecimientos ante el Obispo.

Aquel piadoso y humilde ayudante, veinte años mayor que el prelado romano, era la gloria de la diócesis de Mantua, Don José Sarto, el futuro Papa Pío X, hoy canonizado por Pío XII.

Para el Cruzadito, ferviente amigo de Jesús Eucarístico, no debe haber honor ni gloria mayor que poder ayudar devotamente al sacerdote en el altar.

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