La abuelita estaba en el patio, sentada a la sombra de una frondosa parra.
— ¿Abuelita?
La abuela levantó los ojos, algo sorprendida, pues hasta aquel momento la nietecita no le había mostrado mucho cariño; era atenta, pero no afectuosa.
— ¿Qué quieres, hija?
— Abuelita, quisiera saber por qué tienes una pierna de palo. ¿Fuiste a la guerra?
— No, Lina; pero esa no es pregunta para tu edad. No fue una bala de cañón la que me cortó la pierna, ni tampoco un accidente.
— Entonces, ¿qué fue?
— Simplemente una enfermedad: un tumor en la rodilla. Un día el médico declaró que era necesario cortar la pierna.
— ¡Ay, abuelita, yo habría preferido morir!
— Yo también lo habría preferido.
— Entonces, ¿por qué te dejaste cortar?
— Lina, no era posible; no vivía solo para mí. Morir cuando se quiere es un lujo… y a veces es cobardía. Tenía que pensar en cuatro hijitos que necesitaban de mí.
— Pero para cortarte, ¿te hicieron dormir?
— No, no quise; tenía mucho miedo de no despertar y abandonar a mis hijos. Y, al fin y al cabo, si se ha de sufrir, es porque Dios lo quiere o lo permite.
— ¿Te cortaron la pierna así, despierta?
La buena anciana, solo al recordar lo sucedido, se puso pálida.
— Hijita, antes de la dolorosa operación, pedí el Pan de los fuertes, recibí la santa comunión y pedí a Jesús Sacramentado paciencia y valor… Tu papá me sostenía la mano y hasta él, pobrecito, casi se desmayó.
— Abuelita, fue la comunión la que te dio fuerzas. ¡Oh, qué bueno es Jesús!
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